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El Jilguero

El Jilguero le falta un poco de vuelo

 Para los fanáticos de la autora estadounidense Donna Tartt, su tercera novela, la exitosa en ventas El Jilguero (The Goldfinch), premiada este año con el Premio Pulitzer en ficción, se eleva como un águila. Para otros, incluyendo críticos de renombre, sencillamente no despega del todo.

 

Debido a los trabajos anteriores de Tartt, y a los elogios y premios que ha recibido El Jilguero, mis expectativas para este libro, cuya versión en castellano lanzó Vintage Español en junio, eran altísimas. Aún así, al finalizar la novela, que le tomo a la autora 11 años para escribir, sentí que faltaba algo.

 

La trama, desparramada entre Ámsterdam, Las Vegas y Nueva York, se centra en un chico, Theo Decker, quien tras un ataque terrorista en el Museo Metropolitano de Arte en donde muere su mamá, narra su vida desde la temprana adolescencia hasta que se torna veinteañero.

 

Theo, quien se desarrollará como comerciante de muebles antiguos y embaucador, es un personaje complejo, con una psiquis herida por la tragedia, y Tartt se adentra de lleno en esto, a veces de manera creíble, a veces no tanto.

 

Theo sobrevive y escapa, no sin antes entablar amistad con un anciano moribundo, Welty, y con una niña, Pippa. Welty le entrega un anillo para que se lo dé a su compañero de negocios, Hobie, y parece señalar además hacia un cuadro llamado El Jilguero, de un artista holandés del siglo XVII. Theo sale del museo con la obra de arte, la cual existe en realidad. La pintura se convertirá en su perdición y salvación.

 

La historia se mueve con suficiente agilidad, y al menos durante la primera mitad del libro, es cautivante. Pero hay tantas descripciones de gente antipática, tanto uso de drogas, de alcohol y de estar enfermo, y charlas sobre muebles, que a la larga todo esto agobia la narrativa.

 

Lo que es una lástima, ya que algunos de los personajes, como la Sra. Barbour, madre de Andy, uno de los amigos de infancia de Theo, están hermosamente retratados. Otros, por desgracia, apenas hacen mella.

 

Para Theo, esconder El Jilguero y salvaguardarlo se convierte en obsesión. El cuadro es, después de todo, el enlace que lo vincula a la desgracia que mató a su madre. Claramente, para Tartt, los golpes que nos propina la vida nos moldean. Pero, para mí, esto no hizo que la novela se elevara tanto como pudo haber hecho. En vez, El Jilguero me pareció un pajarito que revoloteaba en una linda jaula, cautivando de vez en cuando con algunas movidas esplendorosas.

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