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“Por qué el plan antipobreza de Obama no funcionará”

La desigualdad económica se ha convertido en la gran esperanza de la izquierda para recuperar su integridad política tras el desastre de Obamacare. El presidente Obama, en un intento por pasar página, se ha aferrado al tema y seguramente dará muchos más discursos sobre ello durante este año. Precisamente, el nuevo alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, promete hacer de esa gran ciudad un laboratorio experimental de las ideas progresistas con el objetivo de remediar la desigualdad.

Y si eso no lo convence a Ud. de que la izquierda hablará de pocas cosas más que de desigualdad durante los próximos meses o años, tenga en cuenta que el expresidente Bill Clinton estuvo presente para tomar juramento al alcalde De Blasio y decir unas palabras al respecto. Hillary Clinton, en una magnífica posición para optar a la presidencia en 2016, vio la ceremonia desde la zona VIP. Y con los Clinton no hay coincidencias.

Durante años, los analistas de todo el espectro político han reflexionado sobre por qué, después de décadas proporcionando la posibilidad de escalar socialmente a millones de personas, la economía de Estados Unidos ya no parece capaz de sacar a tantas personas del peldaño más bajo de la escalera de la economía. ¿Acaso ha muerto el Sueño Americano de la posibilidad de escalar socialmente?

Se trata de asunto muy serio que merece una seria consideración en los debates de ideas. Aunque por desgracia, eso no significa que estemos cerca de llegar a un debate reflexivo.

En cambio, el presidente se equivoca al describir el problema y ofrece una solución simplista: es que hay demasiadas personas ricas y son las que están causando el problema. Así que propone que les quitemos más dinero a las personas que han tenido éxito y lo redistribuyamos entre las personas pobres a través de la asistencia social, subiendo el salario mínimo, ampliando los infinitos beneficios por desempleo y otras limosnas públicas.

Esta postura se basa en falacias económicas. Y lo que es peor, divide a nuestra sociedad ya que opera bajo la premisa de la envidia y el resentimiento. Penalizar el éxito sólo disuadirá a más personas de alcanzarlo… que no es lo que se quiere si se desea que la economía crezca. Lo mejor sería que el presidente pusiera freno a las normativas públicas que eligen a los ganadores y perdedores económicos (o como dijo alguien tras el caso Solyndra, que elige sólo a los perdedores). La intervención pública en el mercado fomenta el favoritismo y el clientelismo además de conducir a una mayor desigualdad.

El presidente Obama ha perdido incluso el respaldo de los principales investigadores del Instituto Brookings, de tendencias progresistas, que se quejan de que el presidente está “exagerando y simplificando en exceso los problemas que nos ocupan”. Crear oportunidad y la posibilidad de escalar económicamente para las personas pobres, comentan, “exigirá un análisis frío, alianzas bipartidistas y una estrategia a largo plazo. No es un asunto apropiado para una política de confrontación”.

Y De Blasio no ha estado mejor. Su toma de posesión fue tan fructífera desde el punto de vista de la retórica del odio, que incluso el New York Times, que respaldó su campaña a la alcaldía, se decidió a rebatirlo. El nuevo alcalde parece no entender que su “historia de dos ciudades” la creó el mismo tipo de intervención pública que ahora él pretende impulsar.

Como en el caso de nuestro expresidente, adoptó la clásica postura clintoniana de confundir, supuestamente, comunidad y gobierno. “Somos interdependientes”, afirmó ante una multitud de neoyorquinos. “Miren a su alrededor. No podemos alejarnos los unos de los otros. Tenemos que definir los términos de nuestra dependencia”. ¿Está Clinton mezclando realmente el gobierno, que pretende eximir al individuo de su responsabilidad hacia sus congéneres, con lo que Edmund Burke denominó los “pequeños pelotones” de la sociedad civil, los agentes que realmente nutren a las comunidades?

Aparte de ser poco ingeniosos y falsos (pues el gobierno ha gastado $20 billones en la “Guerra contra la Pobreza”, aunque los índices de pobreza sean tan altos como hace 50 años), tales discursos son perjudiciales puesto que en realidad disminuirán la oportunidad económica para todos. Aunque la sensatez de republicanos y demócratas hizo que se llegara al acuerdo para reformar la asistencia social a mediados de los 90, los programas del gobierno federal contra la pobreza ya no suponen una red de seguridad, más bien son trampas que atrapan a la gente en la pobreza y la dependencia. “Las penalizaciones del matrimonio” y el “efecto abismo” hacen absolutamente imposible que las personas se liberen de las ayudas públicas. Frustran la legendaria posibilidad de escalar socialmente de Estados Unidos al destruir el capital, tanto social como financiero, imprescindible para que los americanos se suban a la escalera de la oportunidad y asciendan tanto como puedan soñar.

Como el mismo Clinton dijo allá por 1996, “Todos los americanos, sean del partido que sean, saben que nuestro sistema de asistencia social está deshecho, que enseña valores equivocados, que recompensa las opciones equivocadas, que perjudica a aquellos a los que se supone que ha de ayudar. También sabemos que nadie quiere cambiar más el actual sistema de una manera adecuada que las personas que están atrapadas en él”.

Debemos reconocer que aunque el gobierno federal puede redistribuir el dinero de una manera ineficaz, no puede redistribuir el éxito, el carácter, la satisfacción personal, la dignidad, el propósito, la perseverancia o cualquiera de las cualidades y resultados que hacen que merezca la pena vivir la vida. El Bill Clinton de los 90 lo sabía.

La desigualdad de ingresos es en cualquier caso una maniobra de distracción. Los analistas de la Fundación Heritage David Azerrad y Rea Hederman, por ejemplo, ofrecen pruebas que ponen en duda el lema del “1%”. En su documento de investigación Defending the Dream: Why Income Inequality Doesn’t Threaten Oppotunity, demuestran que “lo que gana el 1% más rico de la población no tiene ninguna relación con que el 20% menos rico pueda escalar socialmente o no”.

Y no son los únicos que piensan así. Scott Winship, del Instituto Manhattan, exinvestigador de Brookings, revisó decenas de estudios y mostró que no hay ninguna prueba de que la “desigualdad de ingresos” provoque una menor posibilidad de escalar socialmente o un crecimiento económico más lento. De hecho, prácticamente hay consenso al respecto: un reciente estudio conjunto de Harvard y Berkeley sobre las ciudades de Estados Unidos halló que “una alta concentración de ingresos en el 1% de la población que más gana no tenía una gran correlación con los patrones es escala social”.

¿Entonces a qué le echamos la culpa? Azerrad y Hederman concluyen que “unos resultados desiguales son el producto natural de la igualdad de oportunidades”. La posibilidad de escalar socialmente ha disminuido, pero no a causa de la disparidad de ingresos. Para encontrar al verdadero culpable, debemos mirar a las familias y comunidades deshechas. Ya que a menudo es la acción del gobierno la que lo provoca, no la que lo arregla. Por tanto, lo que necesitamos es reformar nuestro sistema de asistencia social para fomentar el trabajo y el éxito individual, no la dependencia del gobierno. Debemos restituir la cultura del matrimonio, la vacuna más importante que tiene Estados Unidos contra la pobreza infantil, mediante la eliminación de las penalizaciones de los programas federales. Y ya es hora de que por fin ayudemos a los padres y niños con bajos ingresos para que puedan salir de las malas escuelas de sus vecindarios gracias a la opción escolar.

En otras palabras, es el momento de dejar de politiquear y de ayudar realmente a las personas pobres.

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