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Mientras España y Grecia se consumen, Estonia descolla

Durante los últimos días, nuevas huelgas y disturbios han convulsionado Grecia y España. El pensamiento convencional (incluido el del economista Paul Krugman) sugiere que las reducciones del gasto gubernamental (a menudo descritas como “austeridad”) son la principal causa de la recesión económica de estas naciones y de gran parte de Europa.

Esta hipótesis de “deficiencia de demanda” lleva a la conclusión de que el Banco Central Europeo y los estados europeos con problemas deberían emprender políticas monetarias y fiscales enormemente expansivas – enfoque preferido por los manifestantes en las calles de Atenas y Madrid.

De manera muy útil, la crisis de la eurozona nos ha proporcionado un experimento natural sobre cómo abordar una grave recesión. Y los resultados de ese experimento no han beneficiado la simplista visión keynesiana de que la solución es más y mayores préstamos. Los altamente endeudados países del sur de Europa decidieron operar con grandes déficits fiscales como consecuencia de la crisis y ahora afrontan agobiantes cargas de deuda así como unos mercados laborales que siguen siendo poco competitivos.

Mientras tanto, al otro lado del continente, las naciones bálticas (especialmente Estonia y Letonia) redujeron el gasto de sus gobiernos y liberalizaron sus economías. Aunque los efectos a corto plazo fueron dolorosos, estos  dos países crecieron el año pasado un 8.3% y un 5.5% respectivamente, lo que es digno de tener en cuenta considerando que Grecia, España e Italia están en recesión.

En Estonia, el gasto total del gobierno cayó un 10% en sólo dos años. El pueblo estonio demostró una admirable fortaleza, mientras el gobierno del país reconocía que la desorbitada deuda del sector privado durante la década anterior había producido un crecimiento ilusorio e insostenible y que la crisis financiera de 2008 había expuesto las fallas estructurales de su economía.

Es de resaltar que su rápida actuación (que, en línea con las mejores prácticas, supuso unas reformas significativas del lado de la oferta junto con unas reducciones del gasto) les permitió mantener su altamente competitivo 21% de tipo impositivo único. Incluso fueron recompensados por sus iniciativas con la reelección.

Queda por ver si este enfoque es políticamente posible en el sur de Europa. Esas naciones están mucho más endeudadas de lo que estaba Estonia y las malas políticas de actuación de las últimas décadas pueden significar que la brecha competitiva no pueda ser superada sin severas repercusiones políticas y económicas.

No obstante, como ilustra la experiencia estonia, los problemas del sur de Europa son estructurales. Excesivos préstamos, enormes Estados del Bienestar, elevadas deudas, rígidos mercados laborales y sectores bancarios disfuncionales (y de forma decisiva, la manera en la que se adoptó el euro en 1999) son las verdaderas causas subyacentes de las crisis de hoy en día.

Remediar esto requerirá abordar esos problemas, no inyectarle al sistema más dinero procedente de préstamos.

 

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