6:39 pm - Friday December 15, 2017

Una reforma de salud sin indocumentados

El verano de 2009 fue tan ardiente como el que estamos viviendo este año. El calor era agobiante, la humedad inaguantable y la sensación que el asfalto de las calles estaba a punto de derretirse víctima de los incandescentes rayos del sol, era evidente.

Lo que también estuvo candente, hace tres años, fue el movimiento de los amotinados del Partido del Te contra el presidente Barack Obama y su proyecto de reforma de salud.

A lo largo y ancho del país se efectuaron cabildos abiertos, convocados por legisladores federales en escuelas, oficinas y centros comunitarios.

Las escenas que mostró reiteradamente la televisión parecían sacadas de una película en la que bandos irreconciliables actuaban de forma iracunda.

En las transmisiones se observaban insultos, empujones, escupitajos y verdaderas muestras de desprecio contra el presidente, con carteles en los que lo caricaturizaban como un zombi o con el bigote de Hitler, para asemejarlo con los nazis.

Yo asistí a un encuentro público, en una escuela cerca de donde vivo, en Cornelius, Carolina del Norte, enmarcado en ambiente de moderación, pero donde era inevitable encontrarse con el resentimiento en contra del presidente.

Las cadenas de correos electrónicos de la época contra Obama contenían epítetos impublicables y alusiones racistas al color de su tez.

Los textos recreaban teorías de conspiración, como que el mandatario no había nacido en Estados Unidos y que su fe era la de un musulmán radical antiamericano.

La bandera de los descontentos era la reforma de salud y entre sus sujetos de vilipendio estaban los detestados “ilegales”.

Aunque, desde el principio los autores del proyecto de reforma de salud excluyeron a los indocumentados como posibles beneficiarios de tener seguro sanitario, los opositores al llamado Obamacare, han intentado lanzar el infundio de que la normativa les daría cobertura.

Un acto de irrespeto con el presidente se escenificó en el Capitolio el 9 de septiembre de 2009, cuando el congresista de Carolina del Sur, Joe Wilson, le gritó en medio de un discurso sobre la reforma sanitaria: “¡Usted miente!”. El ultraje se dio segundos después de que Obama había dicho que era falso que el proyecto de reforma incluyera a los indocumentados.

En marzo de 2010, después de que las dos cámaras votaron a favor, el presidente firmó la ley y tras un largo litigio en los tribunales, la Corte Suprema de Justicia, determinó que la reforma de salud era enteramente válida, el pasado jueves 28 de junio.

No bastó la presión de los amotinados del té, que ya tenían una fiesta preparada para celebrar el hundimiento de la reforma, ni la oposición de 26 de los 50 estados de la Unión a la cobertura obligatoria de salud.

La decisión de la Corte es sin duda una victoria para Obama, que logró algo que había sido intentado sin resultados por los presidentes demócratas Lyndon B. Johnson y Bill Clinton.

La Casa Blanca proyecta que 32 millones de personas que actualmente, carecen de seguro de salud, lo tendrán, incluyendo 9 millones de latinos. Y por fin en Estados Unidos se tendrá algo que se acerca a la cobertura universal de salud, existente en la mayoría de los países desarrollados del mundo.

Sin embargo, los más inermes, los indocumentados no podrán acceder a la cobertura de salud ni pagando. Así lo estableció la ley: los trabajadores con estatus migratorio irregular, alrededor de 7 millones, no podrán comprar los seguros de salud ofrecidos por el mercado de pólizas contemplado en la reforma.

El Instituto Política Migratoria (MPI) había señalado en un estudio que la tercera parte de los indocumentados contaban con seguro médico mediante sus empleadores, la mayoría pequeñas empresas. Esta protección sanitaria se ha venido difuminando y un seguro de salud real para los actuales indocumentados solo será realidad si dejan de serlo, es decir con una reforma migratoria que los legalice

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